








Paisaje Neoliberal
Javier Lomelí
La existencia del ser humano tiene un componente estético inherente. La experiencia y la vida que implican a los sentidos y a la razón, y desde las cuales construimos e interpretamos el mundo. Una serie de vivencias reflexivas desde, sobre y para los sentidos, y a partir de las cuales se articula nuestra existencia ya sea en su lógica sígnica, meramente referida al sentido y a la causalidad, la subsistencia; o también en la construcción de significados complejos tanto a nivel epistemológico, como político y social.
La ciudad es un agora pública donde se confrontan mundos e ideas. La ciudad se presenta como una especie de mapa cognitivo-interpretativo dividido en zonas y categorías, que constituyen un contexto interpretativo no sólo geográfico, sino sobre todo uno de modos, expectativas y de enfoques. Formas de enfrentarnos al mundo a partir de hábitos interpretativos experienciales fruto de nuestra historia y de lo culturalmente definido como fenomenología local y las condiciones estructurales que la engloban. Poder y desigualdad; la alienación de la experiencia habitual a partir de la configuración político estética del espacio público y privado.

La política pública incide siempre en la construcción social de la experiencia, y en un sentido estético, implica la administración de los cuerpos en la estructura político económica. Existe un impacto de la política en los modos en los que se configura y se vive el espacio público, así como en el cómo se concibe el espacio privado desde una serie de marcos interpretativos, que son también ideológicos.
Un lugar es el espacio habitado y determinado por cómo se le procura. Todo ello configura no sólo un paisaje en el sentido visual, sino también auditivo, táctil y olfativo, y que constituyen modos específicos de vivir la ciudad. Una especie de conciencia de clase y sus implicaciones estéticas en el modo particular en que las personas navegan en el mundo y las ciudades como símbolos del espacio social. La estética resulta entonces importante, porque además de datos duros, nos permite ‘verla’ a través del aparato de la percepción humana y su diversidad. Ahí donde la economía se somete al proceso del mapeo representacional.
La estética es entonces la mediación sensible entre una fenomenología perceptiva y nuestros mapas cognitivos de las estructuras globales. Una estética y las formas de vida ligadas a un determinado orden político que nos remite a una trama sensible de consumos, lazos sociales, usos del tiempo, modos de habitar los territorios y donde encontramos una diferencia fundamental entre quienes somos, por cómo vivimos.



(Zapopan 2019)
